Historia
La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se organizó en Nueva York, EE. UU., en 1830, después de que Dios el Padre y Jesucristo llamaran a un nuevo profeta, José Smith, para restaurar la Iglesia del Salvador.
En 1847, la persecución llevó a los miembros fieles hacia el oeste, a través de las Grandes Llanuras de la frontera estadounidense. En busca de un lugar donde pudieran practicar su religión en libertad, se establecieron en el valle del Gran Lago Salado, en lo que hoy es el estado de Utah. Las Oficinas Generales de la Iglesia continúan en Salt Lake City hoy en día.
Desde sus primeros días, la Iglesia ha seguido el mandato que dio Cristo a Sus primeros discípulos: “Id por todo el mundo” (Marcos 16:15). Para mediados del siglo XIX, la Iglesia ya se había establecido en Canadá, Gran Bretaña, las islas del Pacífico y Europa continental. Más de un siglo y medio después, la Iglesia se multiplica, con millones de miembros, en América Latina, África, Asia y en todo el mundo.
Creencias básicas
Como cristianos, los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (a los que a menudo se les conoce como Santos de los Últimos Días) se esfuerzan por seguir las enseñanzas y el ejemplo de Jesucristo. La creencia de que Dios es el Padre de todos y de que Su Hijo Jesucristo es el Redentor y Salvador del mundo es fundamental en la doctrina de la Iglesia. Los Santos de los Últimos Días creen que, al seguir a Jesucristo, todas las personas pueden encontrar gozo y propósito en esta vida, y regresar a Dios después de la muerte.
Creen que la Iglesia es la restauración de la Iglesia original del Salvador, tal y como se estableció durante Su ministerio terrenal, guiada por profetas, apóstoles, obispos y otros líderes. De acuerdo con el modelo que estableció Cristo, no existe un clero profesional. Aquellos que son llamados a los cargos de liderazgo de mayor responsabilidad dejan sus actividades profesionales y se consagran a servir al Salvador y ministrar a Sus hijos.
Los líderes locales de las congregaciones son escogidos de entre los miembros y sirven sin remuneración alguna, mientras continúan con la profesión que hayan elegido. Los miembros ofrecen su tiempo y habilidades para ayudar a fortalecer y bendecir a amigos y vecinos.